30 junio, 2015
No soy amigo de los panegíricos ni de las despedidas póstumas, pero en esta ocasión si me gustaría escribir unas palabras dando cuatro pinceladas, para que aquellos que le conocisteis sepáis que esto venia de largo y para que los que no han tenido la oportunidad de conocerlo sepan de su persona.
No me voy a remontar a la niñez, tan solo al momento en que comenzó su gran amor por la montaña, él siempre fue un gran deportista. Los primeros pinitos en “la montaña” los hicimos por qué un compañero de clase salía a escalar, nosotros no habíamos ido nunca a la montaña. Era poco antes de navidades y aprovechamos para ir por las casas recogiendo periódicos usados para vender el papel al peso y comprar material de “escalada”. Compramos 20 metros de cordino de cuatro milímetros, 2 estribos un par de mosquetones de hierro, creo que aún conservo alguno, y unos vientos de tienda de campaña, y con esto aparejos, una maza de albañil, unos metros de cuerda de esparto y unas drizas hechas con cuerda de tender hicimos nuestros primeros pinitos de escalada en unos terraplenes que había cerca de casa. Posteriormente nos compramos tres clavos variados y un par de mosquetones más.
La primera vez que fuimos a la montaña fue a la Laguna de Peñalara, donde realizamos nuestro primer bautismo de piedra. Algunos escaladores que nos vieron nos preguntaron que qué íbamos a hacer con ese material y nuestra respuesta fue sencilla, ¡a escalar! Ya os podéis imaginar la conversación, unos escaladores bien preparados viendo a dos pirados con una cuerda que en el mejor de los casos, cortada se usaba de driza para no poner el mosquetón directamente en los clavos. ¡Teníamos perfectamente estudiado que esa cuerda aguantaba 400 kilos, más que de sobra para nuestro peso!
Estos fueron los inicios. ¡qué contraste! Poco a poco fuimos aprendiendo
Recuerdo muchas salidas, pero entre todas hay tres especialmente memorables.
En una de ellas nos pilló una tormenta descomunal con gran cantidad de agua y rayos. Llevábamos todos los hierros, piolet y crampones. En un picacho despejado. No tuvimos más remedio que tirar las mochilas, alejarnos de ellas y tumbarnos en el suelo como si estuviéramos tomando el sol en la playa. Cayo un rayo en unas piedras que estaban a escasos metros de nosotros, ahora se cuenta en plan épico, pero tuvo su trago.
Otra fuimos a pasar un fin de semana escalando por las paredes del Zabala y alrededores, cuando salimos de casa sabíamos que no teníamos dinero para ir y volver desde el mismo sitio, teníamos el dinero justo para ir hasta Cotos hacer nuestras escaladita y luego bajar caminando a Navacerrada para poder coger el autobús desde allí por qué era más barato. En estas ocasiones invocábamos a los espíritus protectores de la sierra. Nos encontramos una moneda de cincuenta pesetas, que nos dio para unas cañas y para poder volver desde Cotos. No fue la única vez, en más de una ocasión los espíritus nos favorecieron, así fue también como nos compramos las primeras mazas de escalada. Siempre fuimos respetuosos con las montañas, siempre pedimos permiso para escalarlas y estas nos otorgaron su beneplácito.
Y la última que quiero comentar ocurrió escalando en Peñalara, era el primer domingo de agosto, en aquella época aún se realizaba la travesía de la Laguna, que él hizo muchas veces, y la explanada y alrededores estaba atiborrada de gente. Estábamos escalando una pared, no recuerdo bien cual, yo iba delante y estábamos en el primer largo. Casi al final de este primer largo fui a poner un clavo para realizar el primer punto encuentro, pero al ir a clavar la roca me sonó mal. El que ha escalado y ha tenido que clavar sabe cuándo un clavo está bien puesto por qué canta. Saqué el clavo con cuidado y realicé el punto de reunión un poco más abajo, le di el aviso para que me diera cuerda y él comenzara a subir y antes de que empezara a soltar cuerda otra cordada que venía detrás desprendió la roca que me cayó encima y me machacó un pie. El único dolor que sentí fue pensar que a mi hermano que estaba justo debajo le pudiera pasar algo, fue como si de repente me hubieran arrancado las entrañas, no pude gritar nada más que ¡Enrique! le dio el tiempo justo para soltar la cuerda y dar un salto. La roca cayó justo donde estaba él, dio tres botes tremendos cuesta abajo y por fortuna no alcanzo a nadie. Había comenzado la misa anterior a la travesía y todo el mundo estaba abajo.
Y con estos mimbres se fue haciendo el que todos conocisteis.
Ahora ratifico punto por punto lo que sus amigos y compañeros del GERA cuentan de él.
Aquí venia otro vídeo, pero antes de poder verlo siempre salta un anuncio, creo que no le hubiera gustado. De todas formas podeis verlo en el enlace de ABC.
Galeria de imágenes Peciña
Casa de noche (Aerógrafo-plumilla)
La Pedriza desde Cerceda (Rotulador)
Simposio de Duendes (Aerógrafo-plumilla)
Vale por una escalada
Siempre con nosotros, estamos invitados.

Tus amigos y compañeros del GERA te recuerdan así

Hoy, amigos, despedimos a un gran tipo. Yo diría que a todo un personaje, en el mejor de los sentidos de la palabra y con el mayor cariño posible. Un tío peculiar donde los haya. Los que tuvimos la suerte de conocerle bien sabéis de lo que hablo. Podías estar de acuerdo con él o no pero no te dejaba indiferente. Tenía su propia visión de las cosas. A veces era bastante cabezota, sí. Otras llegaba a “empeciñarse” y cuando alguna vez hacía una de las suyas, siempre con la mejor de las intenciones, nosotros lo llamábamos “una peciñada”. Hay que ser un tipo muy especial para que pongan tu nombre a una forma de hacer las cosas.
Estaba enamorado del GERA, le encantaba lo que hacía, le gustaba mucho, mucho y si algún día no teníamos trabajo salía al patio y, mirando hacía La Pedriza, decía: “¡¡Oh, gran Yelmo, dios de Pedriza, danos una salida que no sea paliza!!”. Clamaba por un rescate, por trabajar, con un montón de años encima, con las rodillas reventadas de subir y bajar cuestas y todavía con ardor guerrero. Amigos, eso tiene mucho mérito y todos lo sabemos. Además, tenía su propia prueba de acceso al GERA, que consiste en pasar a través de la valla de Valdesquí con el equipo de travesía. Probadlo los que no lo hayáis hecho todavía.
Otra frase famosa de Peci era: “Todo aguanta más que el aire” para referirse a los seguros precarios. Por malos que fuesen eran mejor que nada. También le podías oír al coger el Gri-gri lo de “la mano soy yo” para colocar bien el cacharro. Otras veces, cuando algo se ponía difícil o era un reto personal, le oías diciendo: “Puedo hacerlo, puedo hacerlo”.
Era un tipo generoso en el esfuerzo y duro, bastante duro. Él mismo decía: “Soy de hormigón armao”. Y lo era, le veías las piernas trabajadas día a día y sabías que allí había mucha bici. Muchos hemos sufrido sus cambios de ritmo.
Os aseguro que no era un tipo cualquiera. Quizás muchos no sepáis que era un magnífico nadador, un apasionado de la música -jazz, sobre todo-, delineante de formación, amante de la bici, un artista con el aerógrafo, músico, un gran cocinero, mago en sus tiempos mozos y, sobre todo, divertido y bromista. En su último estado de whatsapp puso una frase de otro cachondo, Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no te gustan, tengo otros”. Pocos le habréis visto serio, solía llevar una sonrisa puesta.
Y como todo sabéis, era un enamorado incondicional de La Pedriza. Solía decir de ella: “Tan pequeña y tan grande”.
Hoy, amigo, nos dejas un vacío tan grande como tu querido Yelmo.

Eh tú, como él me decía, hasta pronto, nos vemos, un fortísimo abrazo, tu hermano.
Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.
CERRAR